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Entre las ventajas de mantener un blog sobre el tema que apasiona, está que a raíz de las relaciones, explícitas o no, que se entablan, despierta de repente en uno el investigador que lleva dentro. Hace unos días, me encontraba sumido en una especie de saturación musical de la que creí no salir jamás. Llegué al extremo de desconectar el timbre, el teléfono y prácticamente todo artefacto que reproduce música, con excepción, claro, del CP porque no estoy en condiciones de sustituirlo por un Mac. La situación llegó al extremo, cuando descompuesto salí a reclamarle al heladero que pasa a diario tirando de su carretilla, que dejara de sonar la campanita. El hombre, naturalmente, reaccionó ante el energúmeno en que me había convertido y me incrustó una cornucopia de veteado napolitano entre ceja y ceja. Si no interviene la familia no se que habría pasado. Y bueno, se lo comenté o ya se había enterado, no sé, a una psicóloga que sale a caminar por las mañanas, también aficionada a la música y me recomendó seguir navegando como si nada hubiera pasado. A regañadientes, así lo hice y, de repente me encuentro con una entrada sobre la Kora, ese instrumento africano de veintiún cuerdas (11 tocadas con la mano derecha) y con un calabazón como caja de resonancia. Y hete aquí que de la noche a la mañana me encuentro bajando libros sobre el asunto, consultando y por medio de un amigo consigo al final, proveniente de un pintor garífuna del caribe local que anduvo hace unos años por Senegal, una copia de este compacto de uno de los más reputados e innovadores maestros actuales, Soriba Kouyaté, quien ha tocado, me dicen, para el presidente de dicho país, el señor Senhor.
Escuchando ese sonido parecido al arpa, me sentí, si no Nerón, por lo menos el señor presidente.